domingo, agosto 28, 2005

Si bien es cierto que el proceso de aprendizaje a nivel de posgrado en el área de la medicina se facilita mucho por varias situaciones, como lo son : el estudiante es un adulto que generalmente tiene clara su vocación y su plan de vida, suele ser una persona altamente motivada, sus personales técnicas de estudio están ya muy desarrolladas y la medicina puede ser aprendida como los demás oficios, simplemente experimentando vivencias junto a uno a varios expertos en el área, personas que conozcan bien el arte y que gozan enseñándolo a los más jóvenes; también es cierto que el aprender sin tener una filosofía clara y sin poseer una estructura mental que permita ir acumulando en forma ordenada todo el aprendizaje, puede llevar al caos, y dejar entre lo bien aprendido, grandes lagunas de desconocimiento e incapacidades que pueden pasar ignotas tanto para el alumno como para la totalidad de sus maestros o tutores.
Es por ello que nosotros, en la Escuela de Medicina del Tecnológico de Monterrey, nos preocupamos cotidianamente en asegurar que los alumnos tengan clara la filosofía de quienes aquí somos docentes : una filosofía que en forma abreviada hace conciente al educando que, desde el momento en el que se le incorpora a la Escuela de Graduados, él pasa a ser parte importante del Equipo de Salud que tiene como labor - y fin último- el ayudar a todos los niños y adolescentes (personas desde recién nacidas -aún y cuando prematuramente- hasta los 21 años de edad, esto es, toda persona que esté en su periodo más crítico de crecimiento y desarrollo) que estén a su alcance a que no pierdan la salud, o bien, de haberla ya perdido, a que la recuperen. Y si bien para nosotros los pedagogos está claro que el estudiante está aquí para aprender el arte con tal suficiencia que se le pueda luego dejar solo en el ejercicio y el contínuo autoaprendizaje del mismo, para el alumno el estudio jamás deberá ser un fin, sino tan sólo un medio -uno de los más importantes medios- para lograr ayudar a sus pacientes y a la familia de sus pacientes; de otra manera, el saber que su esfuerzo diario, grande la mayoría de las jornadas, es sólamente para aprender, para conocer más, únicamente lograría hacer de él una persona egoista, sin sentido humano, y quizá, hasta soberbia.
Aparte de esta filosofía que intentamos transmitir de la maner más clara, otras estrategias fundamentales que aplicamos al proceso de enseñanza - aprendizaje, son : sólo admitimos como nuevos alumnos a personas que cumplan con un estricto perfil, ya que sabemos que una vez terminada la adolescencia y con la juventud ya cercana al mediodía, es muy difícil transformar la mediocridad en excelencia, por lo que si es nuestro interés egresar excelentes pediatras para que transformen nuestro México en un país cada vez más digno, es imperativo sólo admitir como nuevos alumnos a excelentes estudiantes, que a la vez sean ya excelentes médicos generales y antes de todo, excelentes personas. Otra estrategia es la de tener un curriculum basado en competencias o, como mejor prefiero llamarles : capacidades. Este curriculum tiene tres características : está contemplado hasta el más mínimo detalle que debe de ser enseñado y aprendido, en una forma muy estructurada; está basado no tan sólo en lo que un pediatra necesita para ayudar al mexicano y por ende al mismo México, sino también para que el estudiante, al egresar, sea altamente competitivo en el mundo entero; y por último, los que estamos al frente del Instituto somos responsables directos de cuidar y actualizar el curriculum basados en los estándares mexicanos y en los mejores estándares mundiales y más importante aún, de asegurarnos, sin importar las barreras geográficas, que cada uno de nuestro alumnos esté adquiriendo, de la forma esperada y en los momentos correctos, cada una de las capacidades que el curriculum dicta. Y la última de las estrategias fundamentales que quiero aquí resaltar es el que para nosotros cada alumno de nuestro posgrado es eso precisamente : un alumno, una persona que creyó en nosotros, creyó que nosotros eramos la mejor opción para la continuación de sus estudios en el área de la medicina, y no una persona que acudió a nosotros porque quería ser trabajador asalariado en alguno de nuestros hospitales sede o subsede; por todo esto nosotros, aún y cuando sabemos que la mejor forma de aprender el arte es ejerciéndolo bajo la estricta supervisión de quien es ya un buen artista, anteponemos siempre las necesidades curriculares, esto es, las necesidades de aprendizaje, a las necesidades propias de cada uno de los servicios por los que el alumno rota. Y si es importante recalcar esta última estrategia es por el hecho de que se ha hecho una costumbre, antiquísima ya y por lo mismo arraigadísima, el considerar al residente y no al médico adscrito, como el pilar humano en el que descansa la atención toda de los pacientes de cada servicio. En nuestra planeación, se podrá encontrar que tratamos siempre de equilibrar de la mejor manera el número de residentes que solicitamos tener en el programa, con el número de rotaciones por las que el residente debe pasar para cumplir con aquello a lo que el curriculum obliga y con el número de servicios que nuestros hospitales sede tienen y donde es necesaria la ayuda de los alumnos. Sin embargo, el programa académico puede funcionar con menos o con más alumnos, sólo es necesario estar concientes de que entre menor sea el número de alumnos (considerando la cifra ideal), mayor será el número de servicios que no estarán cubiertos por uno de nuestros estudiantes de posgrado y mayor el volumen de labores que tendrá que hacer el médico adscrito que esté contratado por el hospital para trabajar en el servicio que será descuidado, todo ello en aras de la educación.